mar 302009
 

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(POR EL MUNDO)

Mascarón de Proa

Pablo Neruda y los mascarones de proa no han sido otra cosa que “Intrépidos hombres y hermosas damas que surcaron los mares a golpe de olas.”

“La memoria de los ojos del mascaron de proa es el recuerdo de la repetida historia del nacimiento del sol. Pero el mencionado mascarón no es sólo sostén de los ojos que presencian los nacimientos solares en el alba del mar. Es también máscara. Máscara ritual que reviste el rostro del sacerdote, de un poético invocador de lo sagrado. Para que el poeta cante la vulva del espacio que se abre, en el alba, en el mar”.
Con estas palabras comenzaba Pablo Neruda una de sus muchas cartas dirigida a la vida, a esa vida que tiene mucho que ver con el mar. A ese mar que tanto añoró el poeta chileno y que tantas alegrías y disgusto compartió en su casa de Isla Negra, allá en el Cono Sur americano.
La palabra “mascarón” se refiere también a una “gran máscara” y, seguramente, tiene algo que ver con los festejos de los carnavales de algunos países suramericanos. Son también los vigías que nunca se bajan del barco. Los otros tripulantes de la regata. Y en ellos se depositan las supersticiones necesarias para las buenas singladuras.

En los albores de los tiempos, las botaduras de los barcos se envolvían de un sagrado carácter ritual. El miedo a las fuerzas del mar y a los espíritus malignos condujo a los primeros navegantes a armarse no sólo de valor, sino también de símbolos y de representaciones que favorecieran la buena suerte y alearan el infortunio. Cada embarcación que se construía debía contar con el beneplácito de los dioses antes de emprender rumbo a través de las aguas. Parece ser que, para ello, en esas épocas ancestrales se realizaban sacrificios y la cabeza muerta del animal ofrecido presidía el barco durante su primera travesía. Y esta costumbre primitiva dio lugar a otras nuevas.

Los marineros del Egipto faraónico pintaban grandes ojos en la proa de sus embarcaciones, lo mismo que ocurre en la actualidad en la isla de Malta; los comerciantes fenicios que surcaban el Mediterráneo tallaban en los extremos de sus naves figuras feroces como leones o jabalís; los pueblos nórdicos guerreros representaban imágenes de terroríficos seres legendarios, como dragones y monstruos, para intimidar así a sus enemigos. Y los posteriores mascarones de proa son tan sólo la lógica evolución de estas primeras ideas supersticiosas.
El mascaron de proa, con mayúsculas, se encuentra, o habría casi que decir, se encontraba, como su propio nombre indica, en la proa de los grandes buques. Eran, y son todavía, la insignia de algunos de esos hermosos veleros de tiempos pasados los que tenían el privilegio de transportar esas simpáticas figuras en sus proas como símbolos de prestigio. Aún hoy día es posible ver algún que otro navío navegando por los mares y océanos de nuestro planeta Tierra, la mayoría todavía se conservan en bastante buen estado. Las hermosas imágenes, sobre todo, de mujeres con los pechos al aire, o de hombres y animales que acostumbran a bañarse en las saladas aguas del océano es cada vez más difícil de contemplar. Ello se debe, principalmente, a que estos testigos silenciosos del pasado encierran un misterio que nos hace soñar en otros tiempos mas duros e insondables. Una época en la que los navegantes se echaban a la mar en busca de aventuras, de algún que otro destino nuevo por descubrir. En un viaje, muchas veces, sin retorno.

En el mundo de los mascarones de proa destaca la colección que el poeta Neruda acumuló durante gran parte de su vida en su casa de Isla Negra, en la costa chilena. Hoy día, en ese museo viviente, habría que destacar una pieza en particular: el mascaron de proa que fue del barco “Jenny Lind”, tal vez por ser el más famoso de la mencionada colección, o porque le recordaba a su amada Jenny.
Y, una vez contemplada estas bellezas, solo queda preguntarse: ¿De dónde procederán las piezas que Pablo Neruda guardó con tanto cariño? ¿Vendrán todas de la proa de un barco? ¿O quizás tan solo del taller de un hábil artesano?
“Traje figuras de mujeres, aunque también de muchos hombres, recuperadas de embarcaciones auténticas para que habitaran en esta mi casa. Amadas estatuas de madera. Mascarones de viejos barcos que en mi hogar encontraron asilo y descanso después de largos viajes”, escribió una vez el Premio Nobel de Literatura.

Pero, aunque Neruda compró esta casa en 1939. En la Isla Negra también hay una buena colección de cuadros de pintores como Siqueiros, Ribera…, y de muchos otros artistas, amigos de su época mexicana, además de preciosos libros salvados tras un robo, y repuestos más tarde, poco a poco.
Como anécdota curiosa habría que decir que el primer mascaron de proa que llevó el buque escuela de la Armada Española, El “Juan Sebastián de Elcano”, representa una dama con el escudo de España a sus pies, el cual se encuentra restaurado en sus colores primitivos en el Museo Naval de San Fernando, en Cádiz. Este mascarón que se encuentra debajo del bauprés representa a la diosa Minerva, nombre también del barco escuela al que el “Juan Sebastián de Elcano” sustituyó.

También es de gran interés el mascarón que perteneció al buque de la Armada sueca “Vasa”, hundido en 1628 en aguas de la bahía de Estocolmo en su primer día de navegación. Se trata de una figura que representa a un león rugiendo con una corona en la cabeza y que mide más de tres metros con el cuerpo erguido dispuesto a saltar. Fue mandado construir por el rey Gustavo II Adolfo de Suecia, conocido en aquella época como “el león nórdico”, y representaba la fuerza de ese país en lucha contra los católicos y el emperador alemán.

Charles Bukowsky dijo a propósito del mascaron de proa:
“No soy una persona completa,
soy la caricatura urbana de un hombre o de una mujer.
Más o menos una fallida escultura de mierda,
sin nada absolutamente que ofrecer”

Rafael Calvete ©

mar 242009
 

>(Relatos de un Aventurero del siglo XX y XXI)

BUSCANDO AL ÚLTIMO DODO
EN ISLA MAURICIO

Con una extensión de 1.865 kilómetros cuadrados, y poco más del millón de habitantes, Isla Mauricio no llegó a registrarse en la cartografía hasta entrado el siglo XVI, y antes de ese momento sólo algunas expediciones árabes fondeaban en ella para abastecerse de frutos, agua y alguna caza para comer. Eran gentes que, al igual que muchos otros, talaron bosques de ébano que en aquellos días invadían toda la isla. Sin embargo, fueron los navegantes portugueses quienes se animaron a quedarse por un tiempo en este precioso lugar, aunque pronto lo abandonarían sin pena ni gloria, no sin antes participar en la extinción de uno de sus pájaros más emblemáticos: el Dodo.

Se dice que esta ave en lugar de volar caminaba como un pato, ponía un solo huevo en cada puesta y vivía en un mundo sin depredadores. Poco más se sabe del extinto dodo. Incluso su hombre tiene una historia confusa, aunque es probable que provenga de una frase del holandés para designar las plumas de su cola. Cazada sin tregua, la especie desapareció de esta isla en el siglo XVII, menos de 100 años después de la llegada de los colonizadores. Hasta la fecha, todavía no se ha podido encontrar ningún esqueleto completo de gracioso animal.
El reciente hallazgo en Mauricio de los restos de unos 20 dodos, junto con los fósiles de un millar de tortugas y decenas de otras especies aviares y vegetales, promete revelar más cosas sobre dichas aves y su entorno. Todos los huesos aparecieron en el mismo estrato de tierra y tienen una antigüedad de 3.000 años. Kenneth Rijsdijk, del Servicio Geológico de los Países Bajos, dice que el hallazgo demuestra que los árboles del tambalacoque y del ébano, que ahora sólo existen en el interior de las montañas de Mauricio, en otro tiempo florecían también en los llanos, y que los dodos se alimentaban de sus frutos. Los análisis que se están llevando a cabo sobre la mencionada ave con carbono 14 deberían determinar si estos animales murieron por un suceso catastrófico, como una inundación provocada por una tormenta, o por cualquier otra cosa.

También dicen que cuando el último dodo desapareció de Isla Mauricio más de uno lloró por su rápida despedida. Así cuentan algunos nativos el desastre ecológico ocurrido varios siglos atrás acerca del dodo. “Se trataba de un pájaro feo, torpe, con un pico grotesco, unas patas demasiado fuertes para su tamaño, y una cola con plumas desgarbadas”. Los primeros marineros que lo descubrieron lo llamaban walghvogel, que significa pájaro nauseabundo. Según unos, el dodo fue muerto a palos por los propios marineros que arribaban a esta isla con el propósito de colonizarla, aunque hace ya de eso más de cuatrocientos años. Sin embargo, las últimas investigaciones acerca de este pájaro demuestran que no fueron los marineros quienes exterminaron al dodo, sino las ratas y los monos que les acompañaban cuando llegaron a la isla. Un viejo ejemplar disecado del gran pájaro se quemó accidentalmente en el museo de Londres, por lo que en la actualidad, y por desgracia para esa ave paticorta, sólo quedan algunos dibujos de ella, así como el recuerdo de que fue un raro ejemplar exclusivo de Isla Mauricio.

Se sabe que su pariente más cercano, de tamaño bastante más pequeño, vive en unas islas del sureste asiático, a miles de kilómetros de distancia. Un antepasado de ambos debió de sobrevolar el océano hace millones de años y, una vez en Isla Mauricio, país frondoso y abundante en semillas y frutas, donde probablemente no le molestarían los depredadores, acabó convirtiéndose en el dodo: un pájaro grande e incapaz de volar. En lugar de volar, el dodo caminaba como un pato, ponía un solo huevo en cada puesta y vivía en un mundo sin depredadores. Poco más se sabe del extinto pájaro. Incluso su hombre tiene una historia confusa, aunque es probable que provenga de una frase del holandés para designar las plumas de su cola.
Pero no hay que entristecerse del todo ya que al final fue adoptado como símbolo en el escudo oficial del país.

GUÍA VIAJERA:

Para entrar en Mauricio solo se necesita el pasaporte en vigor con la fecha de caducidad no inferior a seis meses, así como el pasaje aéreo de regreso. La compañía aérea Air Mauritius (Tel: 915479990 ) en colaboración con Air France, vuela desde diferentes ciudades españolas, vía París, y otras ciudades europeas hasta Mauricio todos los días.
La isla se encuentra localizada en el paralelo 21º y por debajo de la línea del Ecuador. Está al suroeste del océano Indico y a 900 kilómetros de Madagascar, muy cerca de la Isla Reunión y de la pequeña isla Rodrigues, que pertenece a Mauricio). Ofrece un clima templado con temperaturas suaves que no superan nunca los 35º centígrados, y con un mínimo de riesgo de ciclones, aunque las lluvias acostumbran a hacer acto de presencia en cualquier momento del año, pues es un fenómeno característico de estos países del trópico. La temporada más fresca en la isla va de mayo a octubre, y la temperatura que ofrece el agua del mar nunca baja de los 22 º centígrados.
Tiene una extensión de 1.865 kilómetros cuadrados, y a pesar de haber sido una colonia británica, la influencia inglesa nunca caló tan profundamente como la francesa, como queda reflejado en el idioma y en muchos de los recuerdos que hay en el país. Las tarjetas de crédito son admitidas en la mayoría de los establecimientos, siendo el horario habitual de los comercios de 09:00 h a 16:00 h, de lunes a viernes, y los sábados abren hasta las 12:00 h.
El idioma Inglés y el criollo son las lenguas oficiales del país, aunque el francés y el hindi también están muy extendidos. La moneda es la rupia mauriciana (1€ = 31 rupias), y el cambio horario es de noviembre a marzo: + 3 horas y de abril a octubre: + 2 horas.

Rafael Calvete ©

mar 112009
 

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(POR EL MUNDO)

Grandes Acuarios del Mundo

“Pequeños rincones en la tierra para observar a grandes criaturas marinas sin necesidad de mojarse”

Conservar la biodiversidad -campo éste aún mal conocido por la ciencia- es una cuestión prioritaria. Nadie puede explicar, por ejemplo, porqué ciertos ambientes acogen una variedad de organismos vivos mucho mayor que otros. Para que los esfuerzos dedicados a este fin sean más efectivos es preciso estudiar las formas de vida que existen en los diferentes ecosistemas para comprender cómo la biodiversidad aparece, cómo se mantiene o, incluso, cómo desaparece. Los ecosistemas marinos, al igual que los terrestres, son sumamente complejos y la mayoría de los estudios de la biodiversidad marina tienen que concentrarse en un solo organismo, que sirve como modelo para situaciones similares. Estas investigaciones permiten conocer mejor la biología de muchas de estas especies marinas, desarrollando al mismo tiempo técnicas y estrategias útiles para el estudio de otros organismos.

Es por ello que de un tiempo a esta parte se han venido creando infinidad de grandes y sofisticados acuarios en los que, además de poder mostrar al público las especies de flora y fauna que viven en el mar, o en ríos y lagos, también sea posible estudiarlos a fondo en su “propio hábitat”. En la mayoría de los acuarios, además de los típicos programas de entretenimiento que se hacen con algunos animales, llámense, delfines, orcas, focas, pingüinos, ballenas, etc., hay otro tipo de actividades que merecen bastante más la pena contemplar. Nos referimos a los peces, poríferos, anélidos, crustáceos, equinodermos, moluscos, algas, fanerógamas, etc., algo que normalmente no está al alcance de la mayoría de los humanos por lo que poder observarlos en uno de estos acuarios es toda una experiencia.
Varios ejemplos de todo esto lo podemos ver en acuarios tan famosos como es el de Atlanta, en los Estados Unidos, uno de los más grandes y modernos que existen hasta la fecha, o el de Mónaco que es el más antiguo del mundo, además de otros que también merecen la pena. Claro que no siempre es necesario tener que desplazarse hasta esos países para poder disfrutar de una experiencia semejante, ya que también en nuestro país podemos satisfacer la curiosidad de los fondos marinos visitando algunos tan conocidos como es el Acuario de Barcelona; el Zoo-Acuario de Madrid; L´Oceanografic de Valencia; el Acuario Finisterrae de La Coruña; o el AQuario de Lisboa, entre otros.

Por supuesto que hay otra opción para poder contemplar a todas estas criaturas en vivo y en directo, lo que sería viajando hasta las cristalinas aguas del Caribe, o del océano Indico. Aguas claras, transparentes e incontaminadas, en donde uno encuentra vida marina en abundancia, incluso en la misma orilla de la playa cuando vamos a entrar a darnos un baño. En la mayoría de esos lugares en cuanto nos mojamos los pies ya podemos encontrar langostas, peces trompeta, cangrejos espinosos, rayas, lenguados, peces escorpión, calamares de arrecife, morenas pintadas, peces cofre, navajuelas, loras viejas, peces ángel en todas sus variedades, e incluso, nubes de peces sargento, entre otras especies.
Está abundancia de riqueza, unida a la transparencia de las aguas, nos permite disfrutar de la vida marina simplemente poniéndonos unas gafas y un par de aletas, lo que desde algunos años se venido llamando “snorkel”, y todo ello sin necesidad de tener que sumergirnos demasiado. En muchos de estos lugares, los peces no temen al hombre, por lo que uno se puede acercar casi hasta tocarlos. Hay variedades, sobre todo los peces sargento, que suelen nadar por la superficie y les gusta rodear al buceador en gran número de peces. Claro que a mayor distancia de la playa, y a mayor profundidad, será posible encontrar, además de los peces citado, al tiburón gato, a la tortuga marina y, posiblemente, algún que otro mero de impresionante tamaño.

Visto esto, habría que decir que no hace mucho ha abierto sus puertas el Georgia Aquarium de la ciudad de Atlanta, en los Estados Unidos, que es el acuario público más grande del mundo. Lo de ser el “más grande” no es por otra cosa sino porque tiene un volumen total de 30 millones de litros de agua, entre dulce y salada, y cien mil animales que representan 500 especies de todo el planeta. Para hacernos una idea de la cantidad de agua que representa esta cifra, podemos imaginar una superficie de 5 kilómetros de longitud por 3 de ancho, inundada con 2 metros de agua. Más ilustrativo sería decir que el agua que hay en este acuario podría cubrir todo el municipio de La Coruña hasta casi un metro de altura, en unos 36 kilómetros cuadrados.
En cuanto a las cifras de animales del acuario, lo de cien mil individuos queda muy bien en los folletos publicitarios, y tendrán esos y muchos más si consideran como animales contables todos los pólipos de los corales y demás especies de vida colonial. Pero si hablamos de peces con aletas, no va a ser muy fácil, salvo que rellenen los tanques con sardinas, anchoas y otros pececillos de cardúmenes pelágicos.

La novedad principal de este acuario es la presencia de dos ejemplares de tiburón ballena, Ralph y Norton que se encuentran en un gigantesco tanque de 22 millones de litros. Será el único acuario no asiático que exhiba estos peces, los más grandes del mundo. Claro que, si restamos al volumen total el tanque de los tiburones ballena, quedan ocho millones de litros, que ya es una cifra asumible por muchos acuarios públicos. En cualquier caso, en la práctica estas cifras no tienen mayor importancia, ya que nadie se va a poner a comprobar la veracidad de los volúmenes o del número de peces.

Y, ya que estamos hablando de grandes acuarios fuera de nuestras fronteras habría que recordar que el Museo Oceanográfico de Montecarlo, en Mónaco, es el más antiguo del mundo y uno de los más emblemáticos y sobresalientes de esta ciudad. Una construcción que se erige sobre un acantilado del litoral monegasco, dominando el mar Mediterráneo, y destinado a los “Creadores de la Verdad Científica”.
Entre los mil y un detalle con los que cuenta el Oceanográfico de Mónaco, merece especial atención su Acuario, uno de los más espectaculares de Europa, con cerca de 4.500 peces, distribuidos en 90 estanques panorámicos. Y, en la planta baja encontramos la zona dedicada a la oceanografía zoológica, más conocida como “Sala de la Ballena”, y que está coronada por el esqueleto de un cetáceo de más de 20 metros de longitud. Dicho Museo que permanece abierto todo el año, acostumbra a recibir a más de un millón de visitantes anualmente. A pesar de los problemas de espacio que existen en el Principado, la bahía de Larvotto, donde se encuentra, ha sido declarada parque natural, por lo que está muy protegida a todos los niveles.

Ya en nuestro país decir que son muchos los acuarios que hay para visitar, aunque en esta ocasión hablemos de unos pocos por no tener suficiente espacio para mencionar a todos. En Valencia se encuentra L´Oceanográfic, un gran parque acuático dedicado al mundo marino con 80.000 metros cuadrados de extensión, además de ser el mayor que existe en el Viejo Continente. Se trata de una auténtica ciudad submarina que permite a los visitantes introducirse en los diferentes hábitats de diferentes océanos. El principal objetivo de este lugar es el de representar los ecosistemas marinos más importantes del mundo, a la vez que contribuye a la recuperación y rehabilitación de la fauna y la flora protegida.
Este Parque ha sido concebido no sólo como un proyecto educacional y de ocio, sino también como una completa aula de investigación sobre las ciencias del mar, por lo que ya sobrepasa el 1.800.000 visitantes al año.

Son varias las áreas con las que cuenta este acuario, representadas por los ecosistemas marinos más importantes del mundo, como es el dedicado a los océanos, y a los mares tropicales, árticos y antárticos, así como al mar Mediterráneo y a las aguas continentales, entre otros lugares de interés. Y, todo esto lo podemos ver a través de una serie de edificios denominadas “torres submarinas”. Pero, por si esto fuera poco, cuenta también con otros protagonistas marinos, como son las Tierras del Mangle, las Praderas de Posidonia, la Península de Izú, los Arrecifes Coralinos, los Bosques de Kelp, las diferentes Islas del mundo, el Mar Rojo, el océano Atlántico, el Delfinario, el Orcario, y un largo etcétera de otras muchas maravillas. Objetivos fundamentales que harán una mejor contribución al entretenimiento, divulgación e investigación de los principales aspectos relacionados con la vida en el mar.
Y, una vez conocida la vida que existe en el interior de este y de los otros acuarios, nos preguntamos si sabemos ¿Cuántas especies de caballito de mar existen? ¿Cómo se reproducen? ¿Qué especies puedes ver en uno u otro acuario?…

Rafael Calvete ©
mar 102009
 

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(Relatos de un aventurero del siglo XX y XXI)

Viaje a 20.000 metros de altura

Cuando se viaja a una velocidad que es casi dos veces superior a la del sonido, no es la única sensación que uno puede experimentar en el lujosísimo avión supersónico Concorde, sino que es algo más, es toda una aventura no apta para cardíacos.
Y, ya que hasta la fecha un ser­vidor no sufre del corazón, diré que he podido practicar esta modalidad de viaje a bordo de un “pája­ro” de pico largui-curvo de las dos compañías aéreas que en su día poseyeron dichos hermosos pájaros de hierro: British Airways y Air France.
Una tranquila mañana, des­pués de haber pasado el correspondiente control buro­crático de todos los aeropuer­tos, aunque en esta ocasión fueron bastante más amables por aquello de ser un pasajero VIP, pasé a una sala especial para pasajeros del Concord donde desayuné a base de champán y caviar del bueno. Cincuenta minutos después subí al interior del avión que nos transportaría a Nueva York. Al sentarme, comenzó lo que sería durante algo más de tres horas la aven­tura más corta de mi vida, aun­que no por ello la menos inte­resante.

El servicio, así como el trato personal de la tripulación de cabina estuvieron a un nivel que satisface al crítico más exigente -seguro lo había alguno en ese avión- entre los que humil­demente me encontraba yo. Una vez acomodado, la azafata me entregó una información en la que ponía algunos datos acerca del Concorde, en donde aparecía información como “este majestuoso aparato no vuela sobre zonas con gran densidad de población, o que su nivel de despegue ha sido mantenido rela­tivamente bajo para cumplir voluntariamente con las nor­mas de sonido…También expli­caba que a los 12 minutos del despegue ya se vuela a la velo­cidad del sonido. Que en la pista se siente la potencia for­midable de los cuatro motores Rolls Royce. Que el ruido que provocan estos aviones no es mayor que el de un DC-8 o el de un Boeing 747”, etc. La verdad es que después de haber leído todo esto, no había motivo para estar tenso, así que me relajé y disfruté del vuelo.

Este tipo de avión despega con un vuelo nivelado para ascender en ángulo de 45º, momento en el que los pasajeros perciben una carga de 2G. Se apagan los motores y el avión se desliza por la parte superior del arco, comenzando la sensación de ingravidez para posteriormente reducir lentamente la caída y volver a repetir la maniobra. Los pasajeros experimentan unos 30 segundos de microgravedad por cada parábola.
Dado que no ponen películas en esta clase de vuelos, por el corto espacio de tiempo de su duración, se comienza con un cóctel y algunos aperitivos, para seguidamente servir el almuerzo gourmet a base de caviar, salmón, Mi- cuit (foie-gras), ca­marones marinados en vodka, pato flam­beado y filete de trucha con alcaparras, en­tre otras delicatesses. Durante la comida, el coman­dante del avión hizo algunos co­mentarios como que ya habíamos al­canzado una altura de 19.000 metros, nada más y nada menos que casi 20 kilómetros de alti­tud desde la Tierra. Estábamos volando en la estratosfera. También nos recomendó “mirar por la ventanilla” para poder contem­plar el color azul violáceo intenso del cielo, una tonalidad muy diferente a la que estamos acostumbrados a contemplar cuando se vuela en otro tipo de avión.

El tiempo transcurría tan rápi­damente que cuando estaba finalizando el postre, ya se comunicaba que aterrizábamos en 30 minutos en el aeropuerto J. F. Kennedy de la ciudad de Nueva York. Toda una expe­riencia digna de ser vivida, al menos una vez en la vida.
Como curiosidad quiero señalar que siguiendo rigurosas normas de seguridad, el vuelo de gravedad cero ha sido utilizado por la Nasa para preparar a sus astronautas desde hace más de 40 años y, gracias a él, el actor Tom Hanks pudo flotar durante el rodaje de la famosa película ‘Apolo 13’. Cada programa incluye intervalos de gravedad lunar y marciana, de manera que los viajeros podrían sentir lo mismo que sintió Neil Armstrong y Buzz Aldrin durante su misión pionera a la luna y vislumbrar el futuro como cuando experimentaron la sensación de poder caminar por Marte, antes incluso de que ningún ser humano haya pisado el Planeta Rojo.


Aunque hoy día ya no existe el avión Concorde, si diré que quien desee tener una experiencia como la que tuve yo años atrás con este tipo de aviones, cabe la posibilidad de hacerlo en un vuelo de gravedad cero que incluye una clase previa sobre la ingravidez impartida por un veterano astronauta de la Nasa y, al finalizar, se organiza una fiesta de vuelta a la gravedad con entrega de galardones. La agencia Destinia.com ofrece la posibilidad de complementar esta experiencia con un paquete diseñado de forma personalizado para los viajeros, que incluye el traslado, alojamiento, visitas guiadas a los principales puntos de interés turístico y traductores en cualquiera de las ciudades de Estados Unidos desde donde despegan esto vuelos. Una opción de altura para convertir el 2009 en un año inolvidable.

Claro que para los más arriesgados, la misma compañía también ofrece el vuelo espacial orbital que consiste en pasar una semana en la Estación Espacial Internacional e incluye varios meses de intenso entrenamiento en el legendario Gagarin Cosmonaut Training Center. Un programa algo costoso ya que se viaja a bordo de la lanzadera Soyuz-FG una velocidad de 29.000 kilómetros por hora, durante 8 días de alojamiento en los que se circunvalará la Tierra cada 90 minutos. Este vuelo espacial suborbital también permite observar la espectacular visión de la curvatura de la Tierra desde 100 kilómetros de altura a la vez que experimentan hasta cinco minutos de ingravidez continuada. Casi nada.

Rafael Calvete ©

mar 062009
 

>(Relatos de un Aventurero del siglo XX y XXI)

En la Roca Sagrada de Australia

Cuando aterricé en Sydney, después de 12 horas de vuelo con la compañía JAL, procedente del Tokio, lo primero que deseaba era des­cansar para proseguir después mi viaje al interior de ese vasto territorio que es el continente australiano. Una vez que satisfice mis deseos, alqui­lé un vehículo todo terreno para desplazarme por el desierto del centro de Australia hasta llegar a mi meta, la roca sagrada de los aborígenes australianos, también co­nocida como Ayers Rock.


Tras varios días conduciendo por todo tipo de caminos, al final llego a la ciudad de Alice Springs, situada a tan sólo 450 km. de Ayers Rock, un lugar con el que desde hacía muchos años había estado soñando. Deseaba contemplar y fotografiar esta inmensa roca mágica que según decía la gente que era ca­paz de cambiar de color de acuer­do con el sol y las nubes.

Uluru es el nombre con el que los nativos de Australia, es decir los aborígenes, lla­man a esta gran piedra roja, que im­pone por sus dimensiones ya que mide unos tres kilómetros de diámetro por casi 10 de circunferencia. Todo un venerable bloque de gres rojizo cuya edad, según los geólogos, se estima en más de 700 mi­llones de años, y que se descubrió oficialmente en 1872 por Giles y Gorre, dandole el nombre del Gobernador de Australia Meridional: Henry Ayers. La tribu indígena de los Arandas siempre tuvo a Uluru como zona sagrada, y ocupó un lugar pre­dominante en la mitología abo­rigen hasta nuestros días.
En las cercanías de Ayers Rock se encuentran infinidad de cue­vas con pinturas rupestres, que ac­tualmente están cerradas al público, por lo que lo más que les está permitido a los viajeros que hasta aquí se acercan es dar la vuelta a la “gran roca” teniendo cuidado con evitar las reservas aborígenes. Conviene recordar que no está permitido acampar en las cercanías de Ayers Rock pues se trata de un Parque Nacional, y los Rangers vigilan esa zona,. Esto hace que se proteja la vida de los propios abo­rígenes y de la fauna y flora de ese inmenso paraíso australiano. Hablando con los aborígenes me decían que piensan que ha sido creado por sus antepa­sados, por lo no les queda más remedio que contemplarla y conservarla para generaciones futuras.

Para quien no haya pisado aún esta gran isla que es Australia diré que está dividida en 7 regiones de gran interés, sin embargo, posiblemente sea la parte de los Territorios del Norte la más bonita a la hora de conocer a fondo sus orígenes y naturaleza salvaje. Se trata de un vasto territorio de forma rectangular con 1.361.971 kilómetros cuadrados y está habitado tan sólo por 140.000 personas. La capital de los Territorios del Norte es Darwin, así como la puerta de entrada a este paraíso natural, en donde grandes zonas y reservas nacionales son terrenos de los aborígenes.

El parque más grande y famoso es Kakadú, de renombre internacional, situado al sureste de esa ciudad, que ofrece una extensión de 20.000 kilómetros cuadrados y se encuentra surcada por decenas de ríos y tapizada de eucaliptos. Aquí, en esta especie de jungla selvática viven infinidad de aves, mamíferos y reptiles, entre los que se encuentran cocodrilos, coalas y canguros. Destacan también sus pinturas rupestres y cascadas, como Jim Jim Falls y Twin Falls, aunque esta última es solo accesible tras nadas 45 minutos por un río. Más al sur, se pueden visitar pequeños parques como Litchfield, Catherine Gorge, Nitmiluk y Devils Marbles, hasta llegar a Alice Springs, capital del llamado “Centro Rojo” desierto dominado por las arenas rojizas. Circundando la ciudad hay diversos parques nacionales y reservas interesantes donde pude contemplar la más representativa fauna del desierto australiano.

Desde Alice Springs, me dirigí a Kings Canyon, el Gran Cañón del suroeste del país, con vistas espectaculares a lugares como la Ciudad Perdida o el Jardín del Edén. Y, para finalizar mi aventura Australia, y en concreto por Ayers Rock, declarado Parque Nacional de Uluru, y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, regrese a la hermosa ciudad de Sydney, no sin antes volver a adentrarme en el territorio aborigen para aprender algo más de esa maravillosa gente.

También os diré que el nombre de este Parque Nacional viene dado por dos formaciones rocosas que destacan en medio de su llanura desértica: Kata Tjuta, conocido como Monte Olga, de 546 metros, y que es una montaña con bellas formaciones entre las que sobresale el Valle de los Vientos -lugar idóneo para observar algunos de los atardeceres y amaneceres más bellos de la Tierra- , y Uluru, el mayor monolito del Planeta, con 340 metros de altura y 8 kilómetros de perímetro. Esta roca sagrada para los aborígenes es también el símbolo de Australia.

Rafael Calvete ©

Publicado por RACADE el 25 de febrero de 2009 0 Comentarios

mar 022009
 

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(POR EL MUNDO)

Tras las huellas de Amundsen en el Museo Polar de Tromso
Tromso es la última ciudad noruega del Ártico, pasado ya el famoso círculo de los 66º de Latitud Norte. Estamos en el territorio de los vikingos del norte, los más fieros, los más temidos, los más independientes. Tromso es una ciudad polar y una lengua de agua fría, color acero, reflejo de un cielo escondido, observada por dos márgenes de casas de madera y un fondo nevado de tundra negra. Lo que no es blanco, es negro. Sólo el cielo y el agua tienen un color transeúnte, agrisado y metálico. En verano, el Sol de Medianoche hace ya su curva sin ocultarse y los días son como atardeceres negros de hielo. Es la ciudad a la que tiempo atrás acudieron algunos de los grandes expedicionarios para embarcarse en nuevas aventuras.

Cuando me encontraba visitando esta ciudad, me acerqué hasta su puerto ya que allí se encuentra el Museo Polar que es único en su género. Una vez dentro pude disfrutar de un recorrido histórico por la navegación ártica y las exploraciones polares que tuvieron en Tromso una de sus bases predilectas para lanzar los infructuosos ataques hacia el mítico Polo Norte. He de decir que este museo también dedica buena parte de sus salas a la figura de Roald Amundsen, el explorador noruego que llegó a conquistar el Polo Sur.
Fue el 18 de junio de 1928 cuando Amundsen partió del aeropuerto de Tromso, situada a 69° 40′ 33″ N y 18° 55′ 10″ E, en la aeronave Latham para tratar de socorrer a su amigo italiano Humberto Nobile y los tripulantes del dirigible Italia accidentado en la banquisa polar. Nunca más se volvió a saber nada de Roald Amundsen, ni del resto de la tripulación.

Me gustaría recordar a los que no han llegado todavía hasta estas tierras que el gran norte noruego es una basta e infinita tierra de la noche perpetua y de la luz sinfín, en donde la puesta de sol en el verano dura dos meses y medio. El 95% de este territorio está compuesto por bosques vírgenes, y sus habitantes aspiran a que se mantenga así por muchos años. Siendo un territorio tan extremo, no es de extrañar que el barco y el avión sean la única forma de garantizar las comunicaciones con los asentamientos humanos que se diseminan en esta gran tundra blanca, ya que parecerá que nos encontramos en el fin del mundo.

Pero, la ciudad de Tromso es además el más grande centro pesquero del país, especialmente para el arenque y bacalao, es también el puerto abastecedor para las grandes expediciones y el comercio en esta parte del Ártico. Cuenta además con un museo de investigación sobre el pueblo lapón y su cultura, y hay un instituto para el estudio de la aurora boreal (Aurora borealis), de la que ya he escrito algo sobre ella en anterior ocasión. Y, si todo esto que estoy comentando fuera poco, os diré que en 1944 el acorazado alemán «Tirpitz» fue hundido por aviones ingleses muy cerca de esta ciudad.

He de decir que Tromso es también la ciudad de los vikingos que se adentraban en la vecina Rusia o atravesaban el Ártico hacia Islandia y Groenlandia en otros tiempos, además de ser el lugar desde donde partió el explorador Roald Amudsen hacía el Polo para ser el primero en plantar la bandera noruega. Y lo hizo a bordo de un barco de casco redondo, el Fram, a imagen de uno vikingo, que evitaba la presión del hielo y le hacía subir a la superficie cuando las aguas se volvían sólidas. Este barco se encuentra expuesto en otro museo que hay en la ciudad de Oslo: el Fram Museum. Roald Amundsen nació en Borge el 16 de julio de 1872, una pequeña ciudad cercana a Frederikstad, situada al Suroeste de Noruega, y murió en el Ártico en junio de 1928. Era el cuarto hijo de una familia de marinos y propietarios de navíos, aunque su madre le eligió para que se alejara de la industria naval familiar y así pudiera estudiar medicina. Una promesa que el aventurero mantuvo hasta que su madre murió, cuando él contaba ya 21 años. Sin embargo, Roald Amundsen había sentido toda su vida la llamada de la exploración, un oculto deseo inspirado por la primera travesía a Groenlandia hecha por Frdtjof Nansen en 1888, y la trágica expedición Franklin. El explorador Nansen había visitado la costa oriental de Groenlandia en busca de algunos ejemplares zoológicos y, más tarde, había sido nombrado conservador del Museo de Historia Natural de la ciudad de Bergen, al suroeste de Noruega. También cruzó los campos helados de la gran isla blanca sobre esquís, en 1888. A la vuelta de esta aventura, dos años más tarde, relató sus experiencias en “La primera travesía de Groenlandia”, y “La vida de los esquimales”.

La exploración del continente antártico y sus mares circundantes, entre fines del siglo XIX y mediados del XX, constituye una historia que todavía tiene enorme interés para muchos, a pesar de que los medios actuales permiten realizar con relativa facilidad viajes que en aquella época constituían proezas casi sobrehumanas. En su momento esas expediciones atrajeron poderosamente la atención pública. El rescate del grupo fue dirigido por el sueco Otto Nordenskjöld, a finales de 1903 y la corbeta de la Armada Argentina “Uruguay”, y fue publicado a página entera por el rotativo inglés The Times. Sin embargo, el primer vuelo de los hermanos Wright, unas semanas más tarde, no apareció mencionado en ningún lugar de dicho periódico.

También en esta expedición hubo algunos episodios que, por sus extraordinarias características, encendieron especialmente la imaginación de miles de lectores sobre los relatos que se narraban en el periódico. Entre ellos se cuenta, ante todo, la trágica marcha al Polo Norte de Robert F. Scott junto a cuatro compañeros, quienes partieron desde la costa del mar de Ross, en la longitud aproximada de Nueva Zelandia. La expedición llegó el 18 de enero de 1912, y descubrieron que no habían sido los primeros en arribar a aquel lugar, pues Roald Amundsen los había precedido un mes antes. Todos los miembros de esa expedición perecieron en el viaje de regreso cuando estaban a menos de 20 kilómetros de un depósito de alimentos y combustible que les habría permitido salvarse.

Rafael Calvete ©