
“Visita al pequeño grupo de iglesias en las Tierras Altas que han sido excavadas en la roca”
Etiopía, que no hace mucho salió de una guerra civil que duró 30 años la cual se inició cuando Haile Selassie se anexó a Eritrea en 1962, es uno de los países más interesantes para conocer del Cuerno de África. Se encuentra en el nordeste del Continente Negro, a 8º Latitud N y 38º Longitud E. Hace frontera con Sudán, Yibuti, Eritrea, Somalia y Kenia, y está atravesado de norte a sur por el Gran Valle del Riff. Además crea una zona de depresión, a la vez que forma la cuenca de diversos lagos, entre los que destaca el inmenso Lago Tana que es el más grande e importante del país.
Se trata también de un hermoso país lleno de misterios, como su primitivo nombre indica “Rostro Quemado”, además de la cuna del fascinante Nilo Azul, y de las maravillas arquitectónicas de las ciudades de Axum y Gondar, al norte. Y, ya que hemos mencionado a la ciudad de Axum decir que parece ser que la iglesia más importante de este lugar conocida con el nombre de Tsion Maryam fue la primera que se construyó en África, en el siglo IV d.C. Sin embargo, la que podemos ver ahora es una construcción que llevó a término el emperador Fasilidas, allá por el s. XVI, ya que la original fue destruida. También se dice que en un lugar bien custodiado de esta iglesia se encuentra el Arca de la Alianza, pero no hay ninguna posibilidad de verla, ya que al parecer tan sólo hay una persona viva que la ha visto y es su actual guardián. El acceso a la iglesia, y a un museo anexo que fue construido por la esposa de Haile Selassie, cuesta 60 Birr y tiene prohibida la entrada a las mujeres. Aquellos que no deseen, o no puedan, visitarla pueden dar una vuelta por los jardines exteriores de dicha iglesia.
Sin embargo, si hay algo que llama la atención al que visita por primera vez este país, son las iglesias excavadas en la roca de Lalibela, situada un poco más al sur de Axum, cuya secreta construcción aún no ha conseguido ser desentrañada por los estudiosos. Dicho complejo religioso es Patrimonio de la Humanidad desde hace algunos años, y esta formado por dos docenas de iglesias cristianas monolíticas, la mayoría de corte ortodoxo. La mas bella de todas ellas es, sin lugar a dudas, la iglesia de San Jorge.
En Etiopía, a 640 kilómetros al norte de la capital Addis Abeba y a 2.500 metros de altitud, una pequeña localidad llamada Lalibela se despereza cada mañana desde hace siete siglos entre la indiferencia de gran parte del resto del mundo. Nada la hace distinta de otras poblaciones de ese país, e incluso de otros rincones del África negra. Solo tiene en común las mismas calles embarradas y la misma pobreza. Nada a simple vista justifica que sea meca para viajeros de los cinco continentes. Y, sin embargo, Lalibela es una maravilla. Maravilla de piedra y fe. De roca e incienso. De templos trogloditas y rezos. Una docena de iglesias y un espacio monástico destacan en este lugar, además de varios sepulcros y otros lugares sagrados, formando una laberíntica ciudad excavada bajo el nivel del suelo en un reducido espacio de siete kilómetros cuadrados.
Pero Lalibela es también la ciudad santa para los cristianos etíopes. Cada uno de estos templos fue erigido cincelando la roca de la montaña como si de una escultura de piedra se tratase. Las hay que han sido aprovechadas de las cuevas naturales del macizo donde se levantan, como Bieta Medani Alem. Y también las hay que fueron excavadas directamente en la pared de roca, como Bieta Abba Libanos. O las que se encuentran separadas de la roca madre, como Bieta Ghiorghis (San Jorge), cuya planta de cruz griega parece surgir desde las mismas entrañas de la tierra.
No es extraño por ello que allá por el siglo XVI el primer europeo que las pudo contemplar, el padre Francisco Álvares, capellán de la embajada portuguesa, afirmase en su diario: “No quiero escribir más acerca de estas obras arquitectónicas, porque me temo que nadie me va a creer, y lo que hasta ahora he escrito dará ya a más de uno motivos suficientes para llamarme mentiroso”…
El religioso luso ni mentía ni exageraba, porque Lalibela es única, impresionante, desconcertante, prodigiosa, inexplicable, enigmática… ¿Quién la levantó? Cuenta una leyenda que, a finales del siglo XII, reinaba en el imperio un soberano al que llamaban Lalibela. También se cuenta que ya adulto, su hermano lo envenenó y, fruto de la ponzoña, el monarca cayó en estado de catalepsia. Mientras permanecía postrado, un ángel llevó su alma al cielo y allí pudo observar construcciones maravillosas. Dios se dirigió a él y le dijo que repitiera aquellos edificios en la tierra. Al cabo de tres días, devolvió su alma al mundo terrenal y lo despertó del letargo en el que estuvo sumido. A partir de ese momento, hombres y ángeles, codo con codo, construyeron en pocos días Lalibela, una copia africana de la ciudad de Jerusalén.
Es por ello que el ser humano puede estar orgulloso de haber realizado estas construcciones, ya que se tratan de hermosos monumentos perdurables a la fe en Dios.
Las notables edificaciones, como hemos dicho, fueron excavadas en roca sólida, en un paisaje áspero que todavía permanece protegido del turismo masificado. Como yahemos dicho existen una docena de iglesias que destacan de las demás, y que se encuentran en la pequeña ciudad de Lalibela, así como en sus cercanías, a las que es posible acceder a pie, con mulos o con vehículos todo terreno. La mejor época para visitarlas es durante las grandes celebraciones de la festividad de la Epifanía, conocida aquí con el nombre de Timket.
Aunque Lalibela es única, no es el único lugar donde puede uno encontrar este tipo de iglesias excavadas en la roca. En Tigray, cerca de Makele, o Mekelle, al norte de Lalibela, también pueden observarse varios de estos monumentos a la devoción del hombre por Dios al igual que a sus habilidades constructoras. Mekelle es ahora la principal población de Tigray, la región más norteña de Etiopía. Aquí se encuentra el palacio del emperador Juan IV (1871-1889), que ha sido convertido en un museo particularmente interesante, con muchas exhibiciones de su época y de la historia posterior. También es conocido este lugar por ser un punto donde se reúnen las Caravanas de Camellos que traen sal desde las tierras áridas de la Depresión Danakil. Esto hace que el mercado sea un lugar interesante para poderlo visitar. Los viajero intrépidos también pueden hacer excursiones hacia Danakil para admirar a algunos de los nómadas Afar que viajan por estas regiones.
La historia, siempre más prosaica, asegura que no fueron ángeles, sino cristianos coptos huidos de un Egipto musulmán que les perseguía, los que plasmaron su arte en las rocas. Sostiene además que tuvieron que dedicar bastante más tiempo del que afirma la leyenda, quizá cerca de un siglo, para terminar el conjunto. Y atestigua que su recóndita ubicación no fue fruto de un designio divino sino que respondía al propósito de ocultar los templos a las incursiones musulmanas, entonces muy frecuentes en estas tierras.
A pesar de esta explicación histórica, aún hoy miles de etíopes siguen dando plena validez al origen milagroso del más espectacular santuario cristiano de África. Miles de personas que cada 19 de Enero, cuando se celebra la Epifanía etíope, acuden a esta pequeña localidad para participar de la festividad más importante de su religión. Una festividad protagonizada por sacerdotes y monjes vestidos con coloristas túnicas que concluye con un gran bautismo colectivo.
Sin embargo, que no crea el viajero que la espectacularidad de la “Jerusalén africana” se reduce sólo a estos días. Basta cruzar el umbral de cualquiera de los templos. Recorrer los pasadizos excavados en la roca que unen unas iglesias con otras. Admirar la belleza de sus multicolores libros sagrados, una especie de Bíblias, o escuchar los rítmicos cantos litúrgicos, para retroceder en el tiempo. Y todo ello, sea el día que sea del año. Los suelos siguen cubiertos de paja y ásperas esteras. El mobiliario es escaso. La luz, mortecina. Y los sacerdotes surgen de la penumbra para dar su bendición al recién llegado con una gran cruz que portan en su mano, algunos con gafas de sol para protegerse del flash de las cámaras de fotos que lleva los visitantes. Estamos en el África más desconocida e ignorada. Estamos en Lalibela, la “Jerusalén negra”.
