jun 202011
 
Especias en un mercado de Marrakech

        Perderse en “La del Sur” de

De todos es sabido que Marruecos es un hermoso país que ha estado habitado desde la aparición del hombre sobre la tierra, y Marrakech es una ciudad viva y alegre donde el extranjero se siente, casi siempre, muy a gusto. Pero también es la tierra de Dios. Al principio de la historia la gente de este país vivía bajo tiendas (jaimas) ya que se trataba de un pueblo nómada, de pastores y agricultores, cultivando y construyendo pequeños poblados. Con el paso del tiempo, y antes de la llegada del Islam, el país vio como algunos extranjeros tomaban sus tierras y penetraban muy profundamente en sus llanuras con la intención de ir apropiándose de ellas. Sin embargo, eso ya es historia y hoy en día se trata de un país totalmente integrado hacia sus amigos de occidente.

Al pie de las montañas del Atlas encontramos a Marrakech, la ciudad roja por el color de sus fachadas y verde por el manto de sus árboles y la vegetación. Antigua capital de la que Marruecos tomó el nombre, fue fundada en 1062 por los almorávides. Sin duda, es una de las más importantes urbes del antiguo imperio marroquí y cuenta con un patrimonio cultural de los más notables del norte de África. La magia de esta ciudad no deja de estar presente en un lugar donde se entremezcla el misticismo y la cotidianidad. Donde la tradición marca los pasos de su gente. Y, donde los se entremezclan con los olores de la gastronomía y la artesanía marroquí. Porque los olores y sabores de sus restaurantes y mercados nos transportan a un lugar encantado, brillante y majestuoso. Porque Marrakech huele a hierbabuena y a exotismo. Una metrópoli abierta al visitante y acogedora por naturaleza, y una de las más coquetas del mundo árabe que durante siglos se conoció como “La perla del Sur”. También cuenta con la imponente mezquita Kotubia, la más grande y famosa de la ciudad. Su torre domina la entrada a la medina y a la plaza Jemaa el Fna, el cogollo de la ciudad, y fascinante carrusel de mundos extraños conectados a la vista, el olfato, los pies y las manos del viajero.

Porque Marrakech ofrece infinidad de posibilidades a los visitantes que saben salir de las sendas turísticas. La mítica “Plaza de los Muertos” , más conocida como Jemâa el Fnaa sigue siendo el eterno punto neurálgico de esta ciudad. El ambiente de la plaza cambia a medida que transcurren las horas del día. Pasear durante la noche sigue siendo el momento más fascinante que uno puede encontrar en países como este: todos los restaurantes callejeros se instalan y se puede saborear las especialidades culinarias del país. Marrakech ofrece un exilio total a los visitantes que se detienen en los zocos, conocidos ahí como “souks”, para descubrir los variados y espectaculares palacios de esta ciudad… Su cercanía con la cordillera del Atlas le da aun más misterio. Descubrir, o redescubrir,  la ciudad de Marrakech es una ocasión única para los viajeros que se aventuran a visitarla ya que es fascinante por lo que seguramente terminaremos enamorándonos de ella.

Según las horas del día, los colores que podemos encontrar en los diferentes mercados y zocos de esta ciudad del sur de Marruecos van del ocre al rosado, del verde al rojo, y del blanco al amarillo. Porque Marrakech es la ciudad del color, y por tanto la ciudad más conocida y visitada de este bello país. Un lugar mágico donde conviene callejear y descubrir sus rincones con las numerosas riquezas artísticas y  arquitectónicas que nos ofrece.

Se podría decir que Marrakech es una de las ciudades más hermosas del planeta, por lo que se lleva la palma. Muchos son los jóvenes que sueñan con viajar hasta este bello rincón del noroeste africano con el único propósito de tener una experiencia que, posiblemente, no van a encontrar en otro lugar del mundo. En esta ciudad podremos vivir todo tipo de aventuras sin tener que desplazarnos hasta lugares lejanos y exóticos. Porque el exotismo se encuentra aquí, en la ciudad de Marrakech.

Ese dicho muy popular que nos recuerda que todos los caminos conducen a Roma, seguro que es cierto. Aunque también seguro que hay otro, y si no me lo saco yo de la manga, que dice que todos los destinos te llevan hasta Marrakech.

La verdad es que cuando se conoce a fondo esta ciudad, será muy difícil olvidarla, y seguramente llegaremos a visitarla en más de una ocasión. Yo ya la he visitado veinte veces, o incluso más. Porque en Marrakech, la vida se ve de otro color. Se vive y se respira como en ningún otro lugar. Aquí, en su famosa plaza, se concentra la flor y nata de esta parte del país alauita. Toda ella es un gran mercado donde el regateo está a la orden del día. Regatear es la palabra que puede ser mágica si se sabe emplear, ya que para muchos vendedores todavía rige una vieja costumbre, casi convertida en ley. Si nos preguntan: ¿Cuanto pagaríamos por tal o cual cosa? Hay que dar un precio, y si el vendedor lo acepta, estaremos  obligados a comprarlo a ese precio. Así pues, habrá que dar un precio muy bajo, o dejar claro desde el principio que no estamos muy interesados en dicho artículo. Y cuando llegue el momento habrá que regatear al máximo. Cuando nos pidan 100 dirhams, no será ninguna tontería si ofrecemos diez, para finalmente pagar veinte o treinta. Esto sólo lo conseguiremos después de un laborioso tira y afloja por parte del vendedor y el comprador. Recuerdo a un viejo amigo marroquí que me dijo una vez, cuando preguntes ¿Cuánto cuesta un artículo? Recuerda que costará lo que tú estés dispuesto a pagar. Y cuanta razón tenía mi amigo.

En los zocos y mercados de Marrakech se puede comprar casi de todo. Alfombras, artesanía, joyas, sedas, objetos de latón, mesas para tomar el té, ropa de algodón, tambores, artículos de cuero, serpientes vivas, camaleones, pájaros y  aves exóticas, tortugas, y un largo e interminable etcétera de otros muchos artículos. Pues de todos es sabido que hay un gran mercado en esta ciudad, donde comprar es importante, pero vivir el regateo lo es mucho más.

Volviendo al nombre de esa plaza tan maravillosa que es Jemâa el Fnaa, convendría recordar que su verdadero significado es el de “plaza de reunión de los muertos”, y que tiene su origen en el hecho de que, en tiempos muy lejanos, un califa del sultán hacía ejecutar las sentencias capitales en el centro de la misma. Una vez llevadas a cabo dichas ejecuciones, las cabezas de los desafortunados quedaban allí, expuestas al público, para escarmiento de todos. Y, todavía hoy en día se pueden vivir hechos muy parecidos, porque la “Plaza de los Muertos” es única por su estilo, única por su ambiente, única por sus múltiples colores y olores, y única por sus múltiples espectáculos callejeros.

Una vez que ya hemos paseado lo suficiente por toda ella, después de haber tomado un refrescante té a la menta en alguno de los simpáticos cafetines que hay en sus alrededores,  convendría  vivir un poco el interior de la Medina. Aquí, la vida es muy diferente, donde todo cambia, y donde encontraremos desde viejos palacios y todo tipo de viviendas, hasta una impresionante vida callejera, igual que en el cuento de las Mil y una Noches. Pasear y dejarse “perder” por sus intrincadas callejuelas, observando a la gente que vende fruta y verdura, o al zapatero trabajando en su pequeño taller, es algo que merecerá la pena. Pues aquí viven los auténticos habitantes de Marrakech. Las mujeres limpiando y lavando, o de compras y de cotilleo. Los lavadores y teñidores de pieles, los barberos haciendo lo único que saben, y los carniceros espantando a las miles de moscas que siempre revolotean el manjar. Todo esto es parte de lo que podemos encontrarnos cuando nos aventuramos a descubrir la Medina de Marrakech.

Y así transcurrirá el tiempo, paseando, hablando con la gente y recorriendo, palmo a palmo, los callejones y patios interiores, donde todavía es posible contemplar como es en realidad la verdadera vida de los habitantes de una ciudad tan hermosa como esta.

Guía Viajera

 

Como Llegar: Para entrar en Marruecos sólo se necesita el DNI o el Pasaporte en vigor. La compañía Royal Air Marroc (Tel: 915477905) vuela diariamente hasta Marrakech, vía Casablanca, desde varias ciudades españolas. También Iberia, Easyjet, y otras compañías aéreas vuelan hasta Marrakech, aunque algunas lo hacen vía Casablanca. Ofrece un clima generalmente seco, aunque hay un pequeño periodo de lluvias que va desde noviembre a marzo, donde varían bastante las temperaturas dependiendo de la estación.

Para una mayor información del país lo mejor es contactar con la Oficina de Turismo de Marruecos (Tel: 915412995 y 934532038) donde nos darán amplia información de este país.  www. turismomarruecos.com

Moneda: La unidad monetaria marroquí es el dirhan, cuya equivalencia con el euro es de 1 € = 10 DM, aproximadamente. También se puede pagar con euros, dólares y otras divisas internacionales, así como cheques de viaje y tarjetas de crédito en casi todas las tiendas, hoteles y restaurantes de Marruecos.

Gastronomía: En cuanto a la gastronomía que podemos encontrar en Marrakech, decir que se caracteriza por sus bajos precios a la hora de disfrutar de un buen menú gastronómico. Los sabores  de algunos de sus platos son exóticos, fuertes y con todo tipo de especias. Suculentos a la vista del visitante y apetitosos en su paladar. Las digestiones suelen ser pesadas, pero no por ello hay que dejar de probar estas delicias culinarias. Y, si existe un plato característico de esta ciudad, éste es el “Cus-Cus”, un guiso muy especial con una infinidad de posibilidades a la hora de elaborarlo. Este suculento plato consta de una pasta de sémola, harina de trigo, que se cocina al vapor en un recipiente de barro que se llama cuscusera. En el fondo de la cuscusera se colocan las verduras condimentadas con especias y en la parte de arriba se pone la pasta de sémola, o cus-cus, junto con las legumbres y carnes que también tienen su preparación junto con la salsa adecuada.

En la ciudad de Marrakech se suele evitar el sabor picante de este plato y se decantan más por la suavidad en sus aromas y sabores. Una de las principales características que más sorprenden al turista es, que este plato, se suele comer con las manos. Lo mismo que el “Djaja Mahamara”, que no es otra cosa que carne de pollo estofada con almendras, sémola y pasas y la “Harira”, una sopa acompañada de una empanada dulce con carne de pichón hecho con capas de masa de hojaldre.

Pero además de todo esto encontramos también la “Kefta”, albóndigas de carne picada.   El “Méchoui”, cordero entero, asado a la brasa. La “Pastilla”, una masa de hojaldre rellena de carne de pichón con especias, sobre todo con canela. El famoso “Tajine”, un plato compuesto de carne de buey, cordero o pescado, todo ello asado en una cazuela de barro con almendras, ciruelas, legumbres y verduras, y adobado con canela o azafrán. Y, por último, el “Touajen”, un estofado de cordero (o pollo) en escabeche.

 

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