
Pequeños rincones en la tierra para observar criaturas marinas sin mojarse los pies
Conservar la biodiversidad -campo éste aún mal conocido por la ciencia- es una cuestión prioritaria. Nadie puede explicar, por ejemplo, porqué ciertos ambientes acogen una variedad de organismos vivos mucho mayor que otros. Para que los esfuerzos dedicados a este fin sean más efectivos es preciso estudiar las formas de vida que existen en los diferentes ecosistemas para comprender cómo la biodiversidad aparece, cómo se mantiene o, incluso, cómo desaparece. Los ecosistemas marinos, al igual que los terrestres, son sumamente complejos y la mayoría de los estudios de la biodiversidad marina tienen que concentrarse en un solo organismo, que sirve como modelo para situaciones similares. Estas investigaciones permiten conocer mejor la biología de muchas de estas especies marinas desarrollando, al mismo tiempo, técnicas y estrategias útiles para el estudio de otros organismos.
Es por ello que de un tiempo a esta parte se han ido creando infinidad de grandes y sofisticados acuarios en los que, además de poder mostrar al público las especies de flora y fauna que viven en el mar, o en ríos y lagos, también sea posible estudiarlos a fondo en su “propio hábitat”. En la mayoría de
